En España no dimite el que debe, sino el que quieren. El que quieren las mayorías parlamentarias, entendidas como arrejuntamiento de intereses partidistas conjugados de aquí y de allá. Porque en los arrejuntamientos siempre se entienden todos.
Dimitir en España es fruto del parto de la decisión de la “oposición
en bloque”. Entendiendo a la “oposición en bloque” como la que se escandaliza sólo
cuando le interesa en bloque. A ella. A cada partido. A unas siglas oxidadas.
En España no se dimite cuando hay un error de bulto. Es
tradición histórica de nuestra democracia moderna. Los errores de bulto salen
en la prensa –o salían, cuando el periodismo de investigación iba más allá de
la cámara oculta en los dormitorios ajenos- y, como mucho, hunden la moral. La
moral del pueblo, que no tiene más remedio que votar a corruptos en listas
cerradas y consentidas. O no. La democracia de la nariz tapada crece.
Es un lugar común decir que dimitir es, en España, un verbo
pasivo olvidado en el diccionario de los irresponsables. Que es un verbo
marginado en el plan de vida de los que tiran la piedra, se llevan la pasta, vacían
las arcas y esconden la mano. Tan lugar común como el Quijote. Y tan cierto,
como Cervantes.
Dimitir es un verbo muy de toreo de salón. Por eso en este
país de instituciones elefantiásicas sólo dimite un Cervera o un Pimentel de
vez en cuando. El resto no son dimisiones. Son extorsiones a vida o muerte.
Y lo de Durán es eso: que querer ser la sal de todos los
platos y llevarse todo a precio de saldo para Cataluña, para CiU y para sus
estancias en el Palace sienta mal, incluso a una oposición en bloque adormecida
por su propia levedad. Pero no pasará nada.
En España pedimos más responsabilidades a un entrenador del
Madrid.

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